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El ruido de lo que no se dice
Dos hombres corretean alrededor de una mesa entre risas y empujones. Un juego de niños que se convierte en ritual de machos después de los primeros roces y provocaciones. En el punto más tenso, el duelo se ahoga en un baso de cerveza con la llegada de algún tercero hasta que finalmente se diluye y se funde con a tele, como todo lo que amenaza el tono monocorde de la cotidianeidad.
De los sentimientos que rondan la casa, ninguno aguanta más allá del balbuceo ni guarda la generosidad suficiente para ser defendido. La vida transcurre con la tensa normalidad de un volcán a punto de estallar y cada cruce entre los personajes recalienta el ambiente.
Los güérfanos hurga algunos rincones de la condición humana donde el amor –en sus formas engañosas– duele en su presencia o daña desde el vacío. Relaciones de sonrisa fingida, labios mordidos o puños apretados cuya única válvula de escape es la superficialidad que regala el televisor presidiendo la mesa que –como en todos los tiempos– convoca, reúne y obliga.
El texto conjuga confesiones tensas y filosas con juicios filosóficos de cómo desenvolverse en un programa de preguntas y respuestas. Las dos realidades corren en paralelo y toman velocidad hasta que se cruzan vertiginosamente generando un juego de contrapesos y equilibrios donde la angustia siempre encuentra un respiro que alivia hasta la próxima curva.
La puesta alterna estas dos dimensiones en el cuerpo y el recorrido de cada personaje. Altibajos y giros ajustados de los que salen airosos. El televisor –omnipresente– juega de árbitro marcando el ritmo y el tono de estos cruces con una minuciosidad impecable. Hasta que cada uno queda inevitablemente abandonado frente a sí mismo, donde no hay excusas ni decoros, ni respuestas políticamente correctas.
Jazmín Sequeira, quien realizó la dramaturgia y la dirección, comenta que uno de los momentos reveladores del proceso de producción tuvo que ver con la aparición en simultáneo de cuestiones triviales en paralelo con reflexiones más profundas. Hacia allí orientaron su búsqueda. “Eso nos habla de la no linealidad de los procesos. Siempre están pasando muchas más cosas de las que realmente vemos. Como trabajar en diferentes capaz de distinto espesor y profundidad que nos permita poner en duda nuestra mirada y la de los otros”.
Para Jazmín, la obra es fruto de un proceso de creación colectiva donde el desafío principal fue permitir que cada uno pudiera poner en juego sus intereses, necesidades y visiones de mundo. Sosteniendo la idea del arte como un lugar para ver de cerca a las personas. “Si nos miramos de cerca descubrimos que somos más parecidos y, sobre todo, que sufrimos por las mismas cosas”.
“Los güerfanos” Viernes de Agosto / 21:30 hs. Lugar: DocumentA/Escénicas
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